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María Jiménez

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La década de los 80’s llegaba a su final en El Salvador cuando, Doña María Jiménez, madre de 9 hijos, tuvo que salir huyendo de su país agobiada por la guerra civil que en esos años se desarrollaba pero además, impulsada por la constante violencia doméstica que padecía en su hogar. Tomar la decisión de dejar a sus 6 hijos, trayendo uno con ella en su vientre, ha sido lo más duro, pero lo más acertado que ha podido hacer.

¿Qué significó para usted tomar dicha decisión?

“Fue muy duro. Mi corazón se partía en mil pedazos pero sabía que allá, no podría brindarles una estabilidad en ningún sentido. Un día me armé de valor y me despedí de ellos con el corazón hecho pedazos. Sólo recuerdo verlos llorar mientras me alejaba. En lo único que pensaba durante todo el camino es que los dejaba y sin saber cuándo los volvería a ver. A veces no me gusta hablar de esos tiempos pues no puedo contener las lágrimas”.

Cuéntenos su experiencia al llegar a Estados Unidos y cuál era su principal meta…

“Al llegar, tuve el apoyo de algunos familiares que ya vivían aquí. Desempeñé hasta tres trabajos al mismo tiempo, no sólo para traerlos, sino también para enviarles dinero y que estuvieran bien en El Salvador. Primero, pude traer a mi hijo mayor. Uno por uno que iba llegando, me ayudaba para buscar al resto. El apoyo de mis hijos aquí fue grande, ya no me sentía sola, ni de forma personal, ni económicamente. Cuando los reuní a todos experimenté un gran descanso, en especial un descanso espiritual ya que la paz volvió a mí”.

¿En algún momento pensó en regresarse y no seguir la batalla?

“Nunca. Nunca pasó eso por mi mente. Mi principal meta era trabajar y luchar por reunirme con ellos en este país”.

¿Valió la pena todo el sacrificio?

“Sí, gracias a Dios, sí. No me puedo quejar de ellos que han sabido valorar el amor de madre que les he profesado. De corazón lo digo, estoy orgullosa de todos, por quienes doy la vida y lo que tenga que dar. Son mi tesoro, lo más sagrado que tengo en la vida”.

Un mensaje en el mes de las madres…

“Principalmente le doy gracias a Dios por haberme dado a mi madre, quien aún vive y que también fue una madre luchadora. De ella aprendí a ser fuerte, a no depender de nadie, pues a pesar de lo difícil que le resultaba sacarnos adelante, nunca nos abandonó y se sacrificó por nosotros. Literalmente dio la vida trabajando duramente