Carta Editorial


Queridos Amigos:

Comienzo a escribir estas líneas y antes de tocar el teclado, ya mi corazón se hace chiquito, se estremece y no puedo evitar las lágrimas. Respiro.  Cierro los ojos y su rostro viene a mi mente. Me sonríe y con una palmadita en mis manos, me dice… “Hijita linda, usted puede”. Ahora quiero dedicarle este espacio a mi padre, Ricardo Armando.

Fiel colaborador de Candela Magazine desde antes de su lanzamiento en el 2008, escribiendo su columna Mirador Espiritual y su más reciente versión, Mirador del Tiempo.   Un padre de carácter fuerte, siempre impartiendo disciplina, exigente; pero al mismo tiempo, amoroso y complaciente, dio su último suspiro el pasado 12 de Mayo… desde entonces, no hay día que no lo recuerde.

No quería dejar pasar la oportunidad de rendirle tributo en la revista, no sólo por ser mi padre, sino porque fue y seguirá siendo parte de esta publicación.

A él le debo mi pasión por la escritura.  Lo recuerdo siempre escribiendo.  Nos sentaba y leía sus escritos… yo lo escuchaba y con admiración, anotaba las palabras que no entendía, pero que sonaban tan bonitas. Luego las buscaba en el diccionario y me iba a escribir en un cuaderno algún poema, una nota, un ensayo, lo que fuera con tal de utilizar la misma palabra, sólo la adaptaba a mi contexto.

Él siempre con orgullo nos daba una copia de sus columnas en la Prensa Gráfica de El Salvador, para la que escribió durante 20 años. Amaba tanto la escritura, aun cuando sus manos ya no le permitían seguir haciéndolo, usaba las de mi madre para compartirnos sus pensamientos. Qué orgullosa me siento de él.

Aunque padeció diferentes recaídas de salud en los últimos años, Dios le regaló calidad de vida y utilizó a mi madre para hacerlo posible y prolongar su estadía.

Su partida fue un tanto inesperada. Yo, personalmente, me preparaba para celebrar sus 86 años el próximo mes de septiembre.  Sabía que no nos duraría mucho tiempo más, pero confiaba en volver a escuchar su frase favorita hacia mí… “Hijita, usted es la alegría de la casa”.

Tuvimos la bendición de acompañarlo en sus últimos momentos y Dios, en su infinita misericordia, nos concedió volver a ver sus ojos abiertos y que en completa lucidez nos viera y escuchara cuánto lo amamos. Dos días después, nos estaba dejando. Se fue, ya no lo podemos ver, pero nos dejó tanto de él.

“A mi papá le gustaba”, “Mi papá decía”, “Mi papá iba”, “A mi papá le molestaba”, son expresiones ahora tan usuales.  No es fácil hablar en pasado… pero el presente más certero que poseemos mi familia y yo, es declarar a viva voz y con plena convicción, el amor y gratitud que aún le profesamos. Papá, gracias por tanto.

¡Bendiciones!